Salmona en París

Por Íngrid Quintana

Rogelio Salmona, o Roger Salmoná, como es recordado entre los personajes que le rodearon durante su permanencia en París, llega a dicha ciudad tras la invitación que le tendiera Le Corbusier para trabajar en su taller de la rue de Sèvres, durante su primera visita a Colombia en 1947 (el joven estudiante de arquitectura fue escogido como traductor del maestro franco-suizo en aquella ocasión, de ahí su cercanía). Alentado por su padre a abandonar el país como consecuencia de la difícil situación de orden público luego del “Bogotazo”, Salmona llega a la capital francesa –su ciudad natal–, en el verano de 1948. Para su sorpresa, Le Corbusier dice no recordarlo ni a él ni a su padre (quien le invitó a cenar durante su paso por Bogotá) y se niega a contratarlo. Finalmente accede a que el joven permanezca en el célebre “atelier” en calidad de “gratteur”, sin recibir remuneración alguna por sus servicios. La precaria situación económica (agravada por la carencia de una beca de estudios, contrario a la mayoría de sus colegas) le lleva a instalarse en diferentes “chambres de bonne” o buhardillas del Quartier Latin.


La primera misión que en la oficina se le confiere es la de servir de colaborador al mexicano Teodoro González de León en algunos proyectos para el ATBAT (Atelier des Bâtisseurs), creado por Le Corbusier en 1945. Atiborrado de trabajo, Salmona se ve obligado a abandonar sus estudios de arquitectura en la Escuela Nacional Superior de Bellas Artes (entre cuyos cursos Salmona destacará la influencia dentro su obra de las clases de Lombard sobre el urbanismo árabe), a pesar de la insistencia de sus padres en que finalizara la carrera. Es en los cursos de historia del arte moderno dictados por Jean Cassou en la Escuela del Louvre (donde fuera compañero de la crítica de arte argentina Marta Traba), y ante todo de los seminarios de Sociología del Arte dictados los sábados en la mañana por Pierre Francastel en la Escuela Práctica de Altos Estudios, donde le petit Salmoná (sobrenombre que se le atribuyó en el atelier por su juventud) complementó su formación teórica y amplió su círculo social, entablando relaciones con personajes de la emergente “intelligentsia” parisina: Damián Bayón, Gérard Thurnauer, Hubert Damisch, Fabien Boulakia, etc. A dichos cursos asisten además algunos compatriotas suyos, entre los que se cuentan Gerardo Molina, Alberto Zalamea y Germán Samper; este último ingresa al taller de “Corbu” con la ayuda del arquitecto griego Georges Candilis, uno de los colaboradores más cercanos al maestro. 

Salmona y Samper acompañan a Le Corbusier a la presentación de la grilla CIAM (en cuya elaboración trabajaron) en el VII Congreso homónimo llevado a cabo en la ciudad de Bérgamo (1949), viaje que les abre un panorama arquitectónico diferente al planteado por el Movimiento Moderno. Por su parte, los postulados de la mencionada grilla se constituyen en el preludio de la propuesta que junto con la firma Wiener y Sert, Le Corbusier planteará para el desarrollo de la ciudad de Bogotá. El “Plan Piloto” es la oportunidad para que Salmona adquiera un estatus mayor dentro de la oficina (Reinaldo Valencia, otro arquitecto colombiano, pasa a tomar el puesto de “stagier”), aunque también se convierte en la manzana de la discordia entre el colombiano y su patrón: el desacuerdo del primero con los lineamientos del plan les hace chocar en muchas ocasiones, llevando incluso a que Salmona dejara en dos oportunidades el taller de quien fuera meses atrás su referente arquitectónico (tales intervalos son aprovechados para visitar museos como el del Hombre en el Trocadero, y para poner en práctica las lecciones de dibujo recibidas en la tradicional academia de “La Grande Chaumière”). Su correspondencia con Fernando Martínez Sanabria, arquitecto colombo-español invitado directamente por Le Corbusier a participar en la ejecución del proyecto, dan cuenta de esta situación.
 

Salmona y Samper (apodados por su maestro como la “gacela” y el “león” respectivamente) constituyen un sólido equipo antes del regreso del segundo a Colombia en 1953, y trabajan juntos en proyectos como las casas Roq et Rob en Roquebrune-Cap Martin (1949), la villa de Madame Manorama Sarabhai y la Alta Corte de Chandigarh (1951), el museo y el club náutico de la misma ciudad (1952), el plan urbano para Marsella Sur (con similares deficiencias a las del Bogotá enunciadas por ambos), o las casas Jaoul en Neuilly-sur-Seine (1951). Respecto a las últimas, sobre las que se ha señalado la influencia de la casa Pizano en Bogotá en lo que respecta al empleo de bóvedas catalanas, son las que permiten al colombiano investigar acerca de las diferentes posibilidades espaciales y estructurales de las bóvedas, y entrar en contacto con constructores de renombre en aquel entonces como Jean Prouvé y Domenec Escorsa.
 

Tras la partida de Samper, el vacío que este deja en el taller es colmado por el venezolano Augusto Tobito, arquitecto egresado de la Universidad Nacional de Colombia, y quien va a ser el intermediario entre Salmona y Le Corbusier para efectos de la planeación de Punjab y la culminación del proyecto de Chandigarh. En su reducida colaboración para el proyecto de la capilla de Notre Dame du Haut en Ronchamp (1950), Salmona trabaja bajo la dirección del arquitecto y escultor local André Maisonnier, quien destaca el carácter contestatario del colombiano, alimentado en parte por su estrecha relación con Francastel. Pero sin lugar a dudas, el encuentro más relevante para Salmona, que tiene lugar en el 35 de la rue de Sèvres, es el de Iannis Xenakis, ingeniero y compositor de origen griego, militante en el comunismo. Es a través suyo que Salmona se familiariza con un nuevo universo compositivo, el musical, y con el ambiente revolucionario que emergía en la capital francesa como antesala al movimiento estudiantil desencadenado una década más tarde. Por intermedio suyo Xenakis conoce en 1955 a la crítica de arte Françoise Choay, y a la élite artística e intelectual que le rodeaba: Sonia Delaunay, Daniel Cordier, François Châtelet y Kostas Axelos. Además de acercarlo al pensamiento de Alberti y de Lévi-Strauss, Choay lleva a Salmona a contactar dos jóvenes trotskistas, Emil Copfermann y Boris Fraenkel, quienes además de hacerse sus más entrañables amigos, alimentan su espíritu crítico y su compromiso político a través de la arquitectura. Estos componentes, lejos de las formas y volúmenes arquitectónicos, quizás sean la principal herencia dentro de su obra de los años de juventud vividos en la capital francesa por la más importante figura de la arquitectura colombiana del siglo anterior.
 

Decepcionado por las limitantes de su labor de dibujante (ampliamente reconocida por su patrón pero que, contrario a Samper jamás le valió un ascenso a coordinador de proyecto), Salmona presenta su renuncia a Le Corbusier y pasa a integrar el equipo de trabajo del CNIT en el barrio de La Défense (1956), alentado por Prouvé y por Hernán Vieco, quien ya había trabajado de cerca con el prestigioso arquitecto francés Bernard Zehrfuss en el proyecto para la sede de la Unesco en París. Junto con Zehrfuss y Prouvé, el ingeniero italiano Pier Luigi Nervi encabezan la concepción de uno de los proyectos más importantes de la década en la región parisina, en lo que se refiere al empleo de nuevas tecnologías constructivas, en cuya construcción Salmona tiene la oportunidad de trabajar directamente, unos meses antes de su regreso definitivo a Colombia en 1957.

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